martes, 18 de julio de 2017

Reedición "La profecía de los pecadores"

Hola, Blasmaníacos!!

Hacía tiempo que no me pasaba por aquí para daros la lata. El motivo de este mensaje es porque quería comentaros algo. No me andaré con rodeos: Voy a reescribir "La profecía de los pecadores".

Sí. Se me ha pirado la cabeza.

¿Que por qué?

Por los mismos motivos que reescribí "La verdad os hará libres". Porque es un libro que tiene infinitas posibilidades y que podría dar mucho más de sí. Además, creo que sabéis que me he estado documentando hasta las trancas para la nueva trilogía y hay cosas que me chirrían mucho en la parte de novela negra de La profecía... Llámame quisquilloso si quieres, pero ya digo, hay detalles que entorpecen hasta la nueva trilogía y no me están gustando nada.

Y, bueno, la voy a reescribir, ¿pero va a cambiar mucho?

No. Al igual que con La verdad os hará libres, la historia será la misma. Sólo que trataré de cuidar mucho mejor los detalles, aportar realismo extremo a las escenas y darle mayor peso a algunos personajes que son esenciales  en la nueva trilogía (como es el caso del inspector Alfonso Gutiérrez, que pasaba de puntillas y no debe ser así). Además, pasa algo que os quería comentar.

La idea principal era hacer una trilogía. Más que nada porque se me fue la pinza y lo quería así sin tener ninguna idea, sólo sobre la marcha. Supongo que fue mi inexperiencia. Pensé que podría sacarme un tercer libro de la manga como el que va al váter. Y no es así. Más que nada porque estoy lleno de otros proyectos que no me dejan pararme y pensar cómo podría hacerlo sin dar la sensanción de que he creado un libro por hacerlo. Eso nunca. No quiero eso. Por eso he pensado en la posibilidad de reescribir el final por completo. Cerrarlo y hacer de lo que en principio sería una trilogía, una bilogía. Poder pasar página y centrarme del todo en todo lo nuevo que viene. Pero esto último os lo quería consultar.

Para eso tendré en cuenta vuestras opiniones en Twitter (@BlasRuizGrau) y en Facebook (BlasRuizEscritor) sobre qué queréis. O un final nuevo y cerrado inmediato o un final abierto a un tercer libro que puede que tarde en llegar más de cinco años (y que no sé qué sentido tendrá, ni si acabará realmente llegando o no). También os digo que puede que acabe haciendo lo que me salga de los cojNARICES. Pero, de verdad, quiero saber qué pensáis. El libro lo reescribiré con calma. No quiero prisas porque no las creo necesarias. Y por supuesto lo regalaré a todo el que lo haya comprado ya (en digital, que no soy rico) para que no tenga que comprarlo dos veces.

Opinad y yo, mientras, lo iré escribiendo.

Un abrazaco a todos!!

Blas.

lunes, 26 de junio de 2017

Me lo llevo a la tumba (Relato)

Difícil no cerrar los ojos y verlo todo, con claridad. Esa misma claridad que me golpea, que me maltrata.
Recuerdo el comienzo. Yo estaba más nerviosa que tú, aunque trataba de disimularlo. Tú me necesitabas, una vez más. Me tenías, como siempre.
No dejabas de mover las piernas mientras aquel hombre, rostro sombrío, leía aquel papel impregnado de letras. Letras que lo cambiaron todo.
A partir de ese momento te derrumbaste, me derrumbé. Pero me tenías, como siempre. Luché por hacerte sonreír, por decirte que la vida consistía precisamente en esto, en momentos como éste. En soledad lloraba. Jamás te dejé que me vieras, no podía, me necesitabas.
El reloj aceleró la marcha. Lo que antes eran días, empezaron a ser segundos, apenas nos dio tiempo a asimilar nada y te vi ahí, postrado en la cama de aquel lugar con olor a flaqueza. Entonces me empezaron a asaltar los recuerdos.
Hacía mucho que no veía tan clara la imagen de la primera vez que te sentí en mis brazos. Llorabas, yo también lloraba. Tu padre también lo hacía, aunque nunca quiso admitirlo. Ya sabes cómo era, no se lo tengas en cuenta. Te quería, tanto como yo.
Nunca pude quejarme de ti. Tan estudioso, tan educado, tan precavido, tan cauto. La envidia de toda madre. Pero, claro, qué voy a decir yo.
Recuerdo tu primer desengaño. Tú no querías que siguiera siendo tu mejor amigo, él no concebía enamorarse de alguien de su mismo sexo. Tú tampoco pensabas que pudieras, todavía eras un niño. Quizá ese fue el punto en el que te convertiste en un hombre. Puede, eso nunca lo pude saber a ciencia cierta.
Tu pasión, las motos, me dio más quebraderos de cabeza de los que realmente tendría que haber tenido. Eras tan responsable, que no sabía por qué esa desazón interior. Contigo era imposible tener miedo, sabía que siempre obrarías con cabeza. Seguramente era algo que las madres llevamos dentro, sin posibilidad de actuar de otra manera.
Terminaste tu carrera con honores, haciendo que una vez más el orgullo me impregnara. Creo que jamás ha dejado de hacerlo desde el día en el que naciste. Tu padre también lo hubiera estado, créeme, ojalá hubiera podido aguantar dos meses más en su lucha para haberte podido ver. En tu rostro sólo vi media sonrisa, sabía que te faltaba él.
Los recuerdos se esfumaron al verte levantar la mano, con lo que parecía un esfuerzo sobrehumano. Mi sorpresa fue mayúscula cuando me hablaste, pero no tanto como con la petición que me hiciste.
No te dejé que me vieras llorar, como siempre hacía, aunque ahora tuviera más motivos que nunca. Me hiciste hacerte una promesa, ¿cómo iba a decirte que no? ¿Cómo se hace eso? ¿Qué no te daría yo?
Nada más salir de la habitación, lloré como nunca. No me sentía capaz, pero, ¿qué no te daría yo?
Volví a la noche, apretando el bolso con fuerza, tú tenías los ojos abiertos, pero tu mirar era distinto. Me pregunté si no sufrirías alguna mejoría, pero cuando me miraste y sonreíste, supe por qué lo hacías. Sabías que lo iba a hacer.
Entonces sí lloré, no pude más. Volviste la mirada, no sin esfuerzo, hacia el frente. No me querías ver así. Yo lo comprendí y dejé de hacerlo. No sé cómo, pero dejé de hacerlo. Metí la mano en el bolso y lo extraje. Lo tenía todo preparado, me lo habían vendido así, con ojos atónitos. Supongo que una mujer de mi edad, aparentemente sin problemas, no era el tipo de clientes que solía tener aquel tipo.
Pinché con la aguja directamente en la vía. No podía apretar el apoyo del émbolo. No tenía fuerzas. Entonces lo vi. Una nueva oleada de dolor sacudió tu cuerpo, tus ojos comenzaron a derramar lágrimas sin control. Encontré esa fuerza, apreté y todo el líquido pasó a ti.
Retiré la jeringa. Mi corazón ya no latía. Supongo que dejó de hacerlo en el mismo momento en el que vi tensarse tu cuerpo en la consulta del médico.
Tu rostro apenas tardó unos segundos en dejar de mostrar angustia. El dolor comenzaba a amainar. De pronto, te vi volver la cabeza. Tus ojos lloraban, pero ahora parecían otras lágrimas. No sé de dónde sacaste las fuerzas para darme la mano, pero sentí que, al hacerlo, te guiaba por el último pasillo de vida que te quedaba. De pronto, me sonreíste. Tu cara mostraba paz, una paz que, apenas unos segundos después, resultaría ser eterna.
Tu dolor era mi dolor, tu vida era mi vida, tu muerte también fue mi muerte.
Ahora, en prisión, aguanto cómo me gritan asesina, cómo me escupen, cómo me pegan, cómo me tratan como a un ser de la más baja calaña. Yo sólo lloro. Yo sólo te echo de menos. Yo sólo me pregunto qué no hubiera hecho por ti. En mi mente quedará esa petición que me hiciste. Esa que nunca he revelado. Nadie sabe por qué actué así, nadie sabe que lo volvería hacer. Nadie sabrá que fuiste tú quién me pediste acabar con el dolor.

Eso me lo llevo a la tumba.

sábado, 17 de junio de 2017

Lucha por mí (relato)

—Lucha por mí.
Su voz, apenas audible, ya no mostraba ni un atisbo de lo que no hacía mucho fue. Ella recordaba la fuerza que un día tuvo, no sólo su voz sino todo el conjunto de lo que ahora casi vegetaba sobre la cama de aquel viejo hospital.
Necesitaba llorar, necesitaba hacerlo con fuerza, pero pensó que no era justo para él. No entendía como en un momento así éste todavía era capaz de tratar de dibujar una sonrisa en su consumido rostro.
Ella cerró los ojos por unos instantes. Pensaba que él no se daba cuenta pero éste hasta llevaba una cuenta de las veces que lo había hecho en las últimas horas. Sus últimas horas.
Conocía de sobra el motivo. Sabía que recordaba un pasado no demasiado lejano en el que su día a día consistía en planificar un futuro que nunca llegaría. Cuando, juntos, pasaban tirados varias horas sobre el césped dejando sólo que el viento meciera sus sueños. Ahora sí sonrió aunque ella no lo vio. Pensó en lo irónico de todo aquello. Pensó en la de veces que no habían disfrutado el hoy por pensar en el mañana. Y en el mañana una visita al médico lo cambió todo.
Treinta primaveras no habían sido suficientes. Su reloj se pararía pronto, quizá demasiado pronto. No sería tan idiota como para arrepentirse de lo hecho, al contrario, sería de lo que le quedaba por hacer.
La miró una vez más. ¿Cómo hasta en esos momentos en los que su cara mostraba un sufrimiento sin igual podría seguir siendo aquel ángel? No había sentido nunca la necesidad de tener que creer en él, pero inevitablemente ahora anhelaba de su existencia. Necesitaba pensar que algo o alguien le dejaría seguir junto a ella aunque su cuerpo estuviera inerte. Cuidarla, mimarla.
—¿Por qué sonríes? —Quiso saber ella.
—Me voy feliz, ¿sabes?
La muchacha no pudo evitarlo y rompió a llorar.
—¿Cómo puedes decir eso? Nadie se marcha feliz.
Él sonrió, cada palabra le suponía un esfuerzo titánico. Ya casi no quedaba llama en la vela.
—Te quiero —dijo con dificultad aunque manteniendo la sonrisa.
Ella miró el monitor. Su corazón cada vez latía más débil y más espaciado. Le tomó la mano, la levantó y la llevó a su pecho. Necesitaba sentir ese último rastrojo de vida cerca de ella. Cerró los ojos y deseó que todo aquello nunca hubiera pasado.
Cuando los abrió no estaba ahí. No había hospital, no había lágrimas, no había nada.
Desorientada, trató de entender qué estaba pasando. Tardó unos segundos en asimilarlo, buscó con torpeza el interruptor y encendió la luz.
—¿Una pesadilla? —Preguntó él nada más darse la vuelta en la cama, colocándose de cara hacia ella.
La respiración de la muchacha se aceleró, a la par que su ritmo cardíaco.
Todo había sido una horrible pesadilla. No había enfermedad, no había nada, sólo ella y él.
Sin decir una palabra se abalanzó sobre él y lo abrazó. Éste, sorprendido, se dejó abrazar.
No sabía que mosca le había picado, pero no iba a ser tan idiota de rechazar ese gesto.

—Lucharé —comentó ella mientras olía su camiseta.