sábado, 11 de febrero de 2017

Tres (Relato)

Siempre fue en el tercero.
Los recuerdos se amontonaban en su cabeza. Algunas veces le costaba rescatarlos y otras, sin embargo, aparecían sin más y la asaltaban sin avisar. Ese era uno de esos momentos.
Hubo un tiempo en el que no se dio cuenta por qué él siempre elegía vivir en una tercera planta. Recordaba cuando encontraban viviendas estupendas, relativamente baratas y él las rechazaba porque no eran una tercera planta.
Esa obsesión por su parte pronto se vio contestada cuando observó su manía en torno a todo lo relacionado con el tres. Siempre hacía las cosas de tres en tres. Llamaba tres veces a la puerta, soplaba tres veces sobre una cuchara caliente, hasta no sabía cómo, pero era capaz de estornudar tres veces seguidas.
Tonta de ella, llegó a pensar que aquello era una especie de manía compulsiva, un trastorno como otro que le llevaba a esa repetición impar una y otra vez. Tardó casi un año en darse cuenta que no era así.
Y es que nunca fue buena para las fechas. No es que no pusiera interés en recordarlas, ni que no las considerara importantes. Es que casi nunca se le quedaban grabadas. Sin más. Siempre fue así.
Y fue él quien, precisamente, un día tres de marzo del año dos mil cuatro llegó con un ramo de tres rosas de tres colores diferentes. La besó y le felicitó el primer aniversario juntos. Entonces cayó. Tres del tres del tres. Sólo hacía todo eso por puro romanticismo.
En aquel momento creyó morir de amor. Nadie, nunca, se había esforzado tanto por hacerlo todo perfecto como lo hacía él. A partir de ese momento todo fueron detalles. Dejaba preparado el desayuno antes de marcharse al trabajo con tres tortitas que él mismo modelaba, torpemente, con forma de corazón. Los días tres de cada mes, una carta escrita en tres párrafos la esperaba todos los días sobre la cómoda de tres cajones que ambos compraron para su habitación. Y todos los días, absolutamente todos, le daba tres besos nada más llegar a casa, agotado de tanto trabajar y con la mayor sonrisa del universo dibujada en su cara.
Ella sonrió mientras deambulaba por el pasillo de la casa. No consiguió que una lágrima saliese de su rostro pues pensaba que ya se había secado de tanto llorar. Llegó hasta el salón. Ahí estaba. Sentado en uno de los tres sillones, con la mirada perdida hacia la ventana del salón de su vivienda, la que estaba ubicada en el número tres, en la tercera planta.
Quiso decirle algo, pero supo que de nada servía. Nunca la escuchaba. Había dejado de hacerlo hacía ya demasiado.
Se preguntó dónde había quedado el hombre del que se enamoró perdidamente. Por qué había dejado su trabajo. Por qué ahora ya ni le hablaba. Por qué no la besaba como antes. Ya no deseaba ni siquiera esos tres besos. Con uno solo volvería a ser la mujer con mayor dicha del universo.
Sin dejar de preguntarse qué mató el amor volvió por dónde había venido. Se pasaba el día recluida por voluntad propia en la habitación de invitados que con tanta ilusión ambos decoraron. Con tres cuadros de tres flores, las mismas tres que él había elegido en su primer aniversario.
Pasó al interior y se tiró sobre la cama. Seguía sin poder llorar. No entendía qué mató el amor. No lo entendía.


En el salón, él sí lloraba. Por su rostro se deslizaron tres lágrimas, tres. Cayeron sobre la foto que sostenía en la mano. En ella salían ambos, felices, como siempre lo fueron. No sentía fuerzas para levantarse, como cada día que pasaba. Comenzó con su típico ritual de furia mental maldiciendo todo. Todo. 
Maldijo haberla conocido. Maldijo haberla amado. Maldijo haberse imaginado una vida entera junto a ella. Maldijo aquella enfermedad. Maldijo que lo hubiera dejado solo. Maldijo no haber muerto junto a ella cuando el cáncer decidió que ya no quería dejarla más a su lado. Maldijo que hubiera ocurrido un día tres. Maldijo que el día de hoy fuera tres, del tres, del dos mil trece.
Gritó de rabia. Maldijo que ella no estuviera ahí, con él.
Gritó tres veces antes de quitarse la vida.


Ella no lo escuchó.
Pero sin más, lo vio ahí, a su lado.

Él la besó tres veces. Tres.

martes, 17 de enero de 2017

Por despecho.

Mis párpados comenzaron a despegarse, lentamente. No recordaba el momento exacto en el que me había dormido, pero sí que la película que estaba viendo me estaba aburriendo soberanamente. Y es que todos los sábados por la tarde daban la misma pero con diferente nombre.
Una extraña sensación invadió mi cuerpo y mi vista se fue, de manera automática, hacia el bonito sofá de color gris claro que había comprado hacía poco.
Casi se me sale el corazón por la boca al ver a mi madre ahí sentada. Me miraba sonriente.
—¡Joder, mamá, casi me matas del susto! —Exclamé.
Mi madre comenzó a reír, no era la primera vez entraba en casa mientras yo estaba dormida. Lo sabía porque en muchas ocasiones me había encontrado bolsas de supermercado llenas de ropa recién planchada encima de la barra que servía de mesa, y a la vez delimitador, entra la cocina y el salón. Y es que yo tenía mal despertar —si me despertaban—, era consciente de que ni yo misma sería capaz de aguantarme con ese carácter, pero qué querían que hiciera, me salía solo. Sabía que mi madre entraba con su llave sin avisar. Ella misma era prudente de entrar en horarios en los que yo le había dado mi beneplácito de venir sin decirme nada. No me iba a pillar con un hombre a esas horas, ni montando una fiesta loca. Es más, agradecía su presencia pues normalmente me llegaba a sentir algo sola. Pero era raro que me viera durmiendo y se quedara.
—¿Y eso que te has quedado aquí sentada? ¿Te encuentras bien? ¿Va todo bien? —Las preguntas me salían casi con la misma facilidad que el aire.
—Estoy genial, todo va fenomenal.
—¿Entonces?
Volvió a sonreír.
—Perdona —dije de inmediato—, sabes que adoro que vengas a verme. Cada vez tus visitas son menos frecuentes, ojalá me despertara más veces y te viera ahí.
—Hija, no digas eso. Tú eres una mujer independiente, no me hagas creer que necesitas a una vieja como yo.
—Sabes que es verdad —Me levanté—. ¿Quieres una taza de café o algo?
Negó con la cabeza al mismo tiempo que me miraba mientras iba a la cocina a prepararme uno para mí. Introduje una cápsula en una de esas maquinitas que lo hacen al instante y te ofrecen un café con sabor a mierda pero, eso sí, rápido y sin esfuerzo. Volví hacia el salón, mi madre se había levantado y miraba las fotos de las estantería.
La tenía repleta, sobre todo mías, de mis hermanos y de mis sobrinos. Adoraba a mis sobrinos. Para ellos yo era la tita Pilar, una tía guay, joven y divertida que les consentía todo.
—Te veo algo melancólica hoy, mamá.
Ella se giró y me miró sin perder la sonrisa.
—No, hija, te aseguro que no estoy melancólica, es solo que me gusta veros a todos juntos. Tu estantería parece la cena de Nochebuena.
—Respecto a eso, mamá. Este año no sé cómo lo tendré con las guardias, normalmente sabes que me dejan ese noche libre, pero este año, con los recortes…
—Necesito que me prometas que irás —su rostro se tornó algo serio.
—¿Mamá?
—Hazlo, por favor.
Dudé unos instantes sobre qué responder. Aquello me había pillado fuera de juego. El primer año le comenté esa posibilidad y no pareció importarle tanto.
—Está bien, haré lo que pueda. Bueno, qué coño, te prometo que estaré.
Sonrió.
Volvió a sentarse.
—¿Sabes, hija? He estado pensando. Me han asaltado cientos de recuerdos que me han hecho feliz a lo largo de estos años y, es curioso, casi siempre me vienes tú a la mente. No es que con tus hermanos no consiga algo parecido, pero contigo es algo distinto.
—Pero, mamá, si siempre vas diciendo que yo he sido la que más quebraderos de cabeza te ha dado —contesté divertida.
—Eso es cierto —replicó ella imitando mi gesto—, pero quizá haya sido por eso por lo que te cuento esto. Hace mucho tiempo que me di cuenta de que eres una de las mujeres más fuertes e independientes con las que me he topado. Y has salido de mí, eso no me puede tener más orgullosa.
—Joder, me vas a hacer llorar —dije emocionada.
—No quiero eso, hija, quiero que sonrías. Sólo quería decirte lo orgullosa que estoy de ti, de cómo has sabido siempre resolver tus propios problemas, de cómo a pesar de querer siempre ayudarte, desoías mis consejos y hacías lo que te daba la gana. Te equivocabas, sí, pero tú misma eras capaz de reponerte tras esos errores. Tus hermanos me han necesitado más, tú no.
La miré enternecida, no entendía aquel arrebato de emociones por su parte, pero me gustaba. Hacía mucho que nadie me hacía sentir así. Decidí seguirle el juego recordando momentos como los que ella nombraba.
—Como cuando me casé con Carlos. ¿Cómo era la frase que no parabas de repetir?
—Que lo hiciste por despecho.
—Exacto, por despecho. Y tenías razón, lo hice para quitarme la espinita de Juan Carlos. No parabas de insistirme en que no lo hiciera, que ese matrimonio no llegaría a ninguna parte y lo iba a pasar mal.
—Así es, lo hice. Y no fallé. Todo ocurrió tal cual dijiste.
—Pero no me preocupó, ¿sabes? Mi deber como madre era advertirte, pero sabía que tú sola podrías llevar la situación. Te dolió, lo sé. A punto estuve de ponerte mi hombro para que lloraras, de decirte que te lo dije, pero no. De sobra sabía que podrías salir.
—Tú me enseñaste a ser así, mamá, tú me has hecho como soy.
Me miró triste. Eso hizo que el corazón se me encogiera.
—Prométeme que no cambiarás —me dijo—. Prométeme que seguirás siendo así. Hija, caerás muchas veces, lo sabes, no te puedo mentir. Pero prométeme que siempre hallarás la fuerza y el valor para levantarte.
No sabía que responderle. Sabía la respuesta que esperaba, pero aquella conversación me estaba poniendo nerviosa por momentos.
El timbre del teléfono móvil sonó, ayudándome en tan incómoda situación.
—Espera un segundo, mamá. He de contestar.
Me acerqué hasta la mesa, la pantalla estaba iluminada y mostraba el nombre de mi hermana.
Descolgué.
—Dime —no era la alegría de la huerta precisamente hablando por teléfono.
Mi hermana lloraba al otro lado.
Mi corazón se aceleró de inmediato, aquello no me gustaba nada.
—¿Qué pasa? —Pregunté nerviosa.
—Ha pasado algo… —respondió entre sollozos.
—¡Joder cuéntame!
—Mamá, ha…
—No me jodas, que mamá está —la corté de repente y miré a mi alrededor. No había nadie.
Ya no escuché lo que dijo mi hermana al otro lado, el teléfono se me cayó al suelo, desmontándose en tres partes.
Comencé a llorar como hacía años que no lo hacía, ahora lo entendía.
Tras un grito de desesperación y rabia, escupí las únicas palabras que era capaz de pronunciar.
—Te lo prometo, mamá.

Seguí llorando.

viernes, 13 de enero de 2017

Antro de mala muerte

Me senté en el mismo lugar. Creo que el taburete no se había movido ni un solo centímetro desde la inauguración de aquel tugurio.
No necesité pedir nada. El camarero, con gesto serio colocó frente a mí el vaso de tubo con cubitos y un Red Bull al lado. Bebida glamourosa donde las haya, lo sé, pero siempre había sido así, siempre bebía lo mismo. Un recipiente blanco con algunos frutos secos que no probaría descansaba al lado del recipiente de cristal. Lo más seguro es que tampoco le diera sorbo alguno a la bebida, ya no recordaba cómo fue en anteriores ocasiones. Ya no recordaba nada.
Siempre sonaba la misma música. O era eso, o mi cabeza entraba en modo bucle con la misma melodía de los Rolling sonando a un volumen moderado. Puede que el dueño tuviera un gusto limitado. Un gran gusto, por qué no decirlo, pero limitado. Acaricié el vaso con mis dedos, un flash me vino a la mente, a traición, como lo hacía siempre.
Apreté los ojos, fuerte. Necesitaba que se fuera de mi cabeza, necesitaba sacarla para siempre, pero nunca se va, nunca se irá.
Me giré sobre el taburete. Varios jóvenes jugaban con la mesa de billar, parecían divertidos, ajenos al mundo exterior. Los envidié. Sólo unos pasos atrás, una pareja jugaba a los dardos con la misma máquina electrónica que siempre había estado ahí. Eso sí me dolió, el inevitable recuerdo me asaltó y me hizo preso sin poder yo remediarlo. Arrugué la nariz tratando de evitar la lágrima que ya descendía por mi rostro, acariciándome lentamente como si de su mano se tratara, pero al mismo tiempo recordándome que ya no estaba. Que ya no estaría.
Recordarme junto a ella, jugando a esa misma máquina, dejándome ganar disimuladamente, otras veces siendo derrotado con total justicia… Dolía, vaya que si dolía.
Sacudí mi cabeza y sentí cierta sensación de mareo. Volví a girarme. El camarero me miraba con cierta pena. ¿Acaso eso era lo único que yo transmitía ahora? ¿Pena? Casi seguro que sí, ¿pero qué otro sentimiento podría despertar alguien como yo? Bueno, asco, quizá eso. Pero el camarero me miraba con pena, de eso no había duda.
Saqué la cartera. No rebosaba de billetes, pero gastaba tan poco desde hacía tanto tiempo que siempre había dinero dentro de ella. Dejé un billete de veinte euros y me levanté. El camarero ni hizo el gesto de devolverme ni el billete en sí, al no haber ni llegado a consumir, ni el cambio. Sabía por experiencias pasadas que no aceptaría nada. No era algo que me importase ya.
Salí cabizbajo de aquel antro de mala muerte. Aquel antro, que sin embargo, nos encantaba. Aquel antro en el cual pasamos nuestros mejores momentos.
La música de los Rolling seguía sonando. Sería un disco completo lo que estaría reproduciéndose. ¿O acaso sonaba en mi cabeza? Joder. La sensación de no saber si estaba viviendo una realidad o no ya empezaba a agobiarme.
Monté en el coche y prendí el motor. Claro, como era lógico, después del accidente, el vehículo ya no era el mismo. Eso sí había cambiado. Lo único que había cambiado aparte de ya no tenerte.
Comencé a andar. Los recuerdos, como siempre que hacía eso comenzaron a atosigarme. Yo traté de esquivarlos, pero me atacaban por todos lados, como bombas cayendo del cielo. El peor momento llegó cuando advertí que llegaba al lugar. Al lugar.
Ahí recibí el peor de los mazazos. Me recordé a mí mismo haciendo el tonto contigo. Recordé cómo me llamaste la atención, cómo me dijiste que me centrara, que íbamos a tener un accidente. Pasé por el punto justo en el que el coche perdió el control. O yo, mejor dicho, el coche sólo hacía lo que yo le indicaba, aunque fuera involuntario.
Los recuerdos se me perdieron ahí, no sé si en realidad abrí los ojos cuando los bomberos te sacaban, ya sin vida, del vehículo. No, no sé si lo recuerdo, me lo inventé para castigarme o si lo soñé en una pesadilla, pero en esos momentos lo estaba visualizando, con toda claridad. Supongo que ahí fue cuando mi mente se nubló, cuando mis ojos dejaron de ver y cuando decidí que éste mundo dejaba de tener sentido para mí. Creo que ahí fue cuando tomé la decisión de no frenar, de seguir acelerando, de no volver a revivir ese aniversario sin ti. Creo que ahí fue cuando ese muro contra el que choqué hizo que se apagara mi luz. O cuando en realidad hizo que se encendiera. Cuanto todo acabó. O cuando empezó.
—Eres un imbécil, ¿sabes? ¿Por qué lo has hecho? ¿No sabías que yo te cuidaba desde donde estaba?
Él la miró, sonrió. Hacía demasiado tiempo que no sonreía.
—Lo hice porque no podía aguantar la espera. Porque mi vida no tenía sentido sin ti. Porque quería estar contigo. Ahora ya estamos, nunca nadie podrá separarnos.
—Idiota.
—Te quiero.
Ella sonrió. No le quedaba más remedio que adorarlo con todas sus fuerzas. Nunca lo creyó culpable de lo que sucedió. Pero ahora ya nada importaba. Juntos. Juntos para siempre.
—Te quiero.